🇺🇸You can read the English version here
Hay algo que les tengo que confesar: ya no hay forma de vivir mi vida sin AI.
O sea, la AI se volvió algo fundamental.
Y yo sé lo que algunos están pensando:
“Ay, ¿qué curso nos va a vender?”
“¿Qué promoción estará haciendo?”
No. Para nada.
Afortunadamente, no les vengo a vender nada. Esto va por otro lado.
Lo que quiero contarles es por qué para mí se volvió tan importante probar estas herramientas temprano. Y aquí entra un concepto clave: los early adopters.
Yo he tenido la fortuna (o la terquedad) de que me gusta probar cosas. Y muchas veces, cuando alguien me decía:
“¿Para qué vas a pagar ChatGPT si tienes Copilot gratis?”
Yo pensaba: “Men, pagar no es el problema”.
Porque si uno quiere ser early adopter, toca probar. Y si estamos hablando de una suscripción de 20 dólares que puedo cancelar en cualquier momento, no me voy a hacer más pobre por intentarlo.
La pregunta para mí no era: “¿Vale la pena pagar esto para siempre?”.
La pregunta era:
“¿Qué puedo aprender si lo pruebo antes de que todo el mundo lo adopte?”
Y ahí es donde la AI empezó a cambiarme la forma de trabajar y de vivir.
Mis dos grandes casos de uso
Yo uso AI principalmente para dos cosas:
- Trabajo
- Vida cotidiana
Y en ambos casos el impacto ha sido enorme.
AI en el trabajo
En el trabajo, yo ya casi no escribo código desde cero.
No quiero decir que la AI haga todo mágicamente, ni que uno pueda apagar el cerebro y ya. Pero sí quiero decir que la forma de programar cambió.
Hoy muchas veces mi trabajo no es sentarme a escribir línea por línea, sino describir lo que necesito, revisar lo que la herramienta propone, ajustar, probar, corregir y volver a iterar.
Y acá no hay que ser un “prompt engineer” profesional ni estudiar tres diplomados para empezar.
Hay que usarlo.
Úsenlo.
Úsenlo y poco a poco van entendiendo qué les sirve, qué no les sirve, cuándo confiar, cuándo revisar con lupa y cuándo simplemente decir: “No, esto está mal, hagámoslo de otra forma”.
También hay que tener paciencia.
La AI no necesariamente te va a hacer el 100% o el 120% del trabajo. Pero sí puede hacerte un 70%, un 80% o incluso un 90%, dependiendo del contexto.
Y ese 10% o 20% restante muchas veces ni siquiera es “hacerlo a mano” desde cero. Es más bien masajear el resultado: ajustar detalles, pedir una versión mejor, corregir una interpretación, mejorar el diseño, escribir tests, revisar edge cases.
Eso ya se volvió parte normal de mi flujo.
Yo llevo haciendo esto hace rato. Y así como conozco gente que está metidísima en el tema, con un montón de agentes, automatizaciones y flujos muy avanzados, yo tampoco me voy al extremo.
Porque también tengo una vida.
Pero sí me estoy adaptando cada vez más.
Herramientas como Cursor y Claude Code se han vuelto centrales para mí al momento de programar. Cursor suelo usarlo para trabajar mas al detalle, te ayuda a planear, escribir y revisar código. Claude Code, por su parte, suelo usarlo para tareas de principio a fin, y dependiendo la tarea reviso y refino su planeación. Pero en este punto ambos hacen prácticamente lo mismo, entonces cualquiera o alternativas como Codex funcionan perfecto.
Y eso, tanto a nivel personal como profesional, es brutal.
El contraste entre lo personal y lo empresarial
A nivel personal, usar estas herramientas es una locura.
Uno puede probar los últimos features, instalar cosas, romper proyectos propios, experimentar, equivocarse, volver a empezar. No hay tanto protocolo.
Pero a nivel empresarial la historia es distinta.
En las empresas suele haber restricciones por seguridad, privacidad, compliance, permisos, licencias y muchas otras razones válidas.
Entonces, aunque personalmente uno pueda estar probando lo último, en el trabajo las cosas suelen ir un poco más lento.
Y tiene sentido.
No es lo mismo usar AI para un side project que usarla dentro de una empresa con datos sensibles, clientes, reglas internas y responsabilidades legales.
Pero incluso con esas restricciones, el cambio ya se siente.
AI en proyectos personales
El segundo caso de uso grande para mí es la vida personal.
Y ahí entran mis side projects.
Tengo muchos proyectos por ahí. No necesariamente abandonados, porque “abandonado” suena muy dramático. A veces simplemente uno cambia de prioridades.
Pero ahora, cuando tengo un rato libre, puedo abrir una instancia y decir:
“Tengo cinco minutos. Ayúdame a avanzar esto.”
“Cuádreme esta parte.”
“Revise este error.”
“Proponga una estructura.”
“Continúe por acá.”
Puede pasar una hora, un día, dos días o incluso otro fin de semana. Luego vuelvo y digo:
“A ver, ¿cómo va esto?”
Y de pronto no avancé una barbaridad, pero avancé.
Y eso para mí es importante.
Porque antes muchos proyectos se quedaban quietos por la fricción de volver a entrar, recordar el contexto, entender dónde iba, abrir el editor, revisar errores, buscar documentación.
Ahora esa fricción baja muchísimo.
La AI me ayuda a retomar.
Y a veces un progreso pequeño sigue siendo progreso.
AI como descarga cognitiva
Pero no todo es código.
Uno de los usos más importantes para mí es la descarga cognitiva.
Yo siempre he sido muy de usar apps de notas. Ahora estoy usando una que recomiendo bastante: Voicenotes.
La uso para tirarle todo lo que pienso: ideas, listas de tareas, diario personal, reflexiones, notas rápidas, cosas pendientes. Voicenotes permite grabar notas de voz, transcribirlas y luego interactuar con esas notas usando AI.
Y eso me ayuda a no estresarme.
Porque yo soy el tipo de persona que, si tiene algo en la cabeza y no lo anota, se queda pensando en eso 24/7.
No le pongo atención al entorno.
No descanso.
No lo suelto.
Entonces para mí es muy importante dejar evidencia de lo que estoy pensando.
Porque si no lo anoto y se me olvida, ¿saben qué es lo peor?
Que no se me olvida que se me olvidó algo.
Eso no se me olvida.
Y ahí empieza la tortura mental:
“Marica, ¿qué era?”
“Yo estaba pensando en algo.”
“Era importante.”
“Me tenía que sentar.”
“Tenía que escribirlo.”
“¿Qué era?”
“¿Qué era?”
“¿Qué era?”
Y casi siempre logro volver a la idea, pero es un momento de frustración horrible.
No me gusta pasar por eso.
Por eso prefiero descargarlo rápido: grabarlo, anotarlo, dejarlo en algún lado.
Para mí, esa descarga cognitiva es fundamental.
El pendiente que se queda dando vueltas
No sé si les ha pasado algo así.
Un domingo pienso:
“Tengo que escribirle a mi amigo.”
Pasa el lunes.
En un ratico libre pienso otra vez:
“Ay, le tengo que escribir.”
Llega el martes.
Voy llegando a una mentoría, donde yo soy el mentor, y de repente hablando con mi mentee de un tema que relaciona a mi amigo, recuerdo que aun no le he escrito:
“No, perdóname un momento. Necesito escribirle ya, porque llevo desde el domingo cargando con la intención de enviar este mensaje.”
Eso es exactamente lo que quiero evitar.
No es solo la tarea.
Es la carga mental de recordar que tengo una tarea pendiente.
Y ahí la AI, las notas de voz, las transcripciones, los recordatorios y las herramientas que organizan mis pensamientos se volvieron indispensables.
Ya no hay vuelta atrás
Para mí, la AI dejó de ser una curiosidad.
Ya no es una herramienta que uso “a veces”.
Es parte de mi forma de trabajar, de organizarme, de pensar y de avanzar proyectos.
No porque haga todo perfecto.
No porque reemplace el criterio.
No porque uno pueda dejar de aprender.
Sino porque reduce fricción.
Me ayuda a empezar.
Me ayuda a continuar.
Me ayuda a descargar la cabeza.
Me ayuda a convertir cinco minutos libres en algo útil.
Y cuando uno se acostumbra a eso, volver atrás se siente imposible.
Sin AI, yo ya no puedo volver a trabajar ni a vivir como antes.
No hay forma.