Hay una parte del éxito de la que casi nadie habla: sostener algo durante mucho tiempo es difícil. Y no lo digo en el sentido romántico de “hay que luchar por los sueños”, sino en el sentido más aburrido y cotidiano de la palabra. Hay días en los que no tienes ganas, los resultados tardan más de lo que esperabas, publicas algo que te tomó horas y lo ven tres personas (una de ellas tu mamá 🙃), y lo que antes te emocionaba empieza a sentirse como una obligación.
Con la creación de contenido esto pasa muchísimo. Seguro has visto creadores que seguías y que de un momento a otro dejaron de publicar. Gente con buenas ideas, talento, carisma y conocimiento que simplemente desapareció. Y no fue porque fueran malos ni porque “el algoritmo los castigó”: muchas veces desaparecieron porque sostener algo solo para complacer a otros es agotador.
La fórmula te la pueden dar mil veces: publica todos los días, usa este gancho, súbete a esta tendencia, optimiza para el algoritmo, mide esto y repite. Todo eso puede ayudar, claro. El problema es que ninguna fórmula reemplaza la motivación interna.
Es como ir al gimnasio. Puedes comprar la proteína, la ropa, la membresía, la rutina perfecta y hasta el reloj que te mide todo, pero si odias cada segundo del proceso, tarde o temprano lo vas a dejar. Con el contenido pasa igual: puedes aprender a escribir mejores posts, editar mejores videos y entender mejor las plataformas, pero si no encuentras una satisfacción real en lo que haces, todo empieza a irse cuesta abajo.
Y no lo digo desde la superioridad, porque yo también he caído en esa trampa. Uno empieza algo por curiosidad, por ganas de compartir o de explorar una idea, y poco a poco se va colando la validación externa: que si esto no le gusta a nadie, que si no alcanza los likes, que si el algoritmo no lo muestra, que si debería estar haciendo otra cosa. Cuando menos te das cuenta, ya no estás creando desde la curiosidad sino desde la ansiedad, y ahí es cuando todo se vuelve pesado.
Por eso, con el tiempo, intento volver siempre a una idea muy simple: hacer las cosas primero para mí.
Ojo, no significa ignorar a la audiencia, ni dejar de escuchar feedback, ni hacer contenido incomprensible porque “a mí me gusta”. Significa que el motor principal no puede ser la validación externa, porque la validación externa es inestable: a veces llega, a veces no, a veces llega tarde y a veces llega por razones que ni entiendes. Algo que hiciste en cinco minutos puede funcionar mejor que algo que preparaste durante semanas, y si tu única razón para continuar depende de eso, estás en problemas.
En cambio, cuando haces algo para ti, el resultado mínimo ya tiene valor. Si armo un curso para aprender mejor un tema, ya gané algo aunque nadie lo compre. Si hago un tutorial para ordenar una idea, o un stream para explorar un problema, o un side project por pura curiosidad, lo peor que puede pasar es que solo me guste a mí. Y si lo hice para mí desde el principio, entonces no fue una pérdida.
Creo que esa es una de las razones por las que he podido sostener ciertos proyectos durante tanto tiempo: cursos, tutoriales, streams, mentorías, comunidades. No siempre con la misma intensidad ni de forma perfecta, pero siempre con la misma intención de fondo: aprender algo, entender algo, explicar algo, o construir algo que a mí también me gustaría encontrar. Cuando algo nace de ahí, es más fácil de sostener. No porque deje de ser difícil (sigue habiendo cansancio, frustración, dudas y comparación), sino porque la dificultad se siente distinta cuando el proceso también es tuyo.
Así que antes de preguntarte si algo va a funcionar, quizás vale la pena hacerte otra pregunta: si esto no recibe la atención que espero, ¿igual tendría sentido hacerlo? Si la respuesta es no, tal vez estás construyendo algo demasiado frágil. Si la respuesta es sí, tienes una base mucho más sólida.
Hacer cosas para uno mismo no garantiza el éxito, pero sube muchísimo las probabilidades de durar lo suficiente como para tener una oportunidad real.